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El Aguila de Toledo – Pedro Atienza May 22, 2014

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De: vueltalasultana

 

Hay pedaleos épicos y los hay líricos. El suyo era épico. La bicicleta parecía un artefacto mareado entre sus piernas, balanceada como un péndulo en un esforzado ritmo matemático por sus poderosos muslos, en pie sobre ella, sin resuello casi, respirando como un fuelle bronquítico, pulmonar, que nunca se paraba.

Corría 1959, y se corría el Tour de Francia. En los precipicios más grandes de los Pirineos ya había dado lo suyo a Anquetil, a Poulidor y a Van Impe, sus enconados enemigos. Los dejaba tirados en las primeras rampas pirenaicas, cuando su “bici” y él parecían un barco ebrio subiendo encabritados a través de aquel oleaje rocoso. Demarraba, daba tirones de titán, y los demás sólo podían vislumbrar su espalda, mientras él, sudoroso y tensado, absorto, recordaba las calles empinadas y medievales de su ciudad, engrupando a su primera compañera, más pesada que él, con las llantas enroscadas a su torso, menudo y vaciado en su esfuerzo por subir, siempre subiendo.

Ya en la cima, coronado el puerto, esperaba al pelotón comiéndose un helado, apoyado en su yegua metálica, pues le daba pavor  bajar solo a su suerte aquellos riscos vertiginosos.  Así hizo una y otra vez, una forma como otra cualquiera de perder una carrera. Era un ave rapaz que no se tiraba en picado sobre su presa. Era el Aguila de Toledo. Era Federico  Martin Bahamontes, en su segundo apellido llevaba incorporados los espacios siderales por donde le gustaba acampar.

Y ahora tocaba ascender el Puy de Dome, el mítico y majestuoso puerto, la puerta hacia la victoria, si sacaba a Anquetil el tiempo suficiente para poder luego naufragar en el llano. Aquella crono escalada se convirtió en el delirio de toda España, que por entonces estaba gobernada por un dictadorzuelo de voz atiplada llamado Francisco Franco. Todos los oídos y todos los ojos del país, estaban allá arriba, en la mágica montaña que nos separaba de Europa, del mundo entero. Las piernas de Federico eran la voz de España, enmudecida hasta entonces por la guerra civil y el desamparo.

En una lucha contra el crono, se consuma la soledad del corredor de fondo. Bahamontes, más sólo que la una, miró hacia arriba y no vio nada, pero en sus sienes le palpitaba un pueblo que le decía “sube Federico sube” y el águila cogió vuelo. El mentón apretado, la mirada vidriosa y el pedaleo airado, guerrillero. Federico se echó al monte para devorarlo, para comérselo a trechos en cada recodo, en cada curva, en cada rampa. En ésta ocasión la victoria estaba en lo alto y nadie se la robaría. Luego podría comerse su postre favorito: un helado. Y más tarde, en un país llamado España, mirando más allá de las nubes todos sus paisanos dirían: “mirad, allá vuela  el Águila de Toledo.  Jamás tendrá ya que aterrizar de su alto vuelo “.

PEDRO ATIENZA

Escritor, poeta y periodista español. Autor de varios libros  de ensayo y poesía. Se ha ejercitado en el periodismo a lo largo de treinta años en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales: RNE, TVE, COPE, EL PAÍS,entre otros.  Muchos de sus poemas en clave flamenca son cantados por una buena parte de los más acreditados cantaores de la actualidad y ha dictado conferencias sobre flamenco y poesía en numerosas universidades europeas y americanas. Web: www.materialdederribo.blogspot.com

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Vietato Introdurre Biciclette – Julio Cortázar March 26, 2012

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En los bancos y casa de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas.

Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, entre dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristal de la ciudad.

Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de esta tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: “y perros”, lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad.

Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de abogados de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los
susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder, pero no es humillante, primero porque sólo constituye una posibilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorables que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, ¡Cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios crezcan y embistan, que acorazadas de furor arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.

El cortador del agua – Marguerite Duras (Francia) November 18, 2011

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Marguerite Duras (Francia), escritora francesa nacida en Vietnam en 1914, donde residió hasta 1932. Durante la Segunda Guerra Mundial participó de la Resistencia Francesa por lo que fue deportada a Alemania. Una vez terminada la contienda, inició su intensa actividad en los campos del periodismo, la novela, el teatro y el cine, y escribió y dirigió varias películas y obras teatrales. Murió en 1996.

 

Encuadrada inicialmente en los moldes del neorrealismo de posguerra y afín al movimiento existencialista, se acercó después a los postulados del nouveau roman, aunque sus novelas no se limitan nunca al mero experimentalismo, sino que dejan traslucir un aliento intensamente personal y vivido. En 1983 la Academia Francesa le entregó el Gran Premio del Teatro.

 

Tras varias publicaciones, obtuvo su primer éxito con una novela de inspiración autobiográfica titulada Un dique contra el Pacífico (1950). En 1969 apareció Destruir, y dos años después El amor. Su obra más celebrada será El amante, editada en 1984 y ganadora, entre otros, del Premio Goncourt. Escribió el guión de la célebre película Hiroshima, mon amour (1958), dirigida por Alain Resnais con gran éxito y dirigió ella misma varias películas como India Song y Los niños.

 

El cortador del agua pertenece al libro La vida material, editado por Plaza y Janés.

 

Era un día de verano, hace unos años, en un pueblo del este de Francia, tres años tal vez, o cuatro años, por la tarde. Un empleado de las Aguas vino a cortar el agua de una gente que estaba un poco marginada, que era un poco diferente de los demás, digamos atrasada. Vivía en una estación desalojada -el T.G.V. pasaba por la región- que el municipio les había dejado. El hombre hacía pequeños trabajos en casa de la gente del pueblo. Y debían contar con el auxilio de la alcaldía. Tenían dos hijos, de cuatro años y de un año y medio.

 

Por delante de su casa, muy cerca, pasaba esta línea del T.G.V. Eran personas que no podían pagar su recibo de gas ni de electricidad, ni de agua. Vivían en una gran pobreza. Y un día, apareció un hombre para cortar el agua en la estación donde vivían. Él vio a la mujer silenciosa. El marido no estaba allí. La mujer un poco atrasada con un niño de cuatro años y uno pequeño de un año y medio. (more…)

María – Kjell Askildsen (Noruega) November 11, 2011

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Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla.

No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy.

Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa de ella, lo había heredado de su madre.

«María -dije-, eres realmente tú, tienes buen aspecto». «Sí, bebo orina y soy vegetariana», contestó.
Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso.

Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. «Te estás burlando de mí -dijo-, Pero si yo te contara…». «Me pareció haberte oído decir orina», contesté. «Orina, sí, y me he convertido en otra persona». No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. «Bueno, bueno», dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable nunca se sabe.

Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: «Veo que te has casado». Ella miró el anillo. «Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados». Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. «¿De qué te ríes?», preguntó. «Creo que me estoy haciendo mayor», contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, «conque es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos.

Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?

Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. «Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme».

No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. «Será la edad», dijo ella.

«Desde luego que es la edad -contesté-, ¿qué otra cosa iba a ser?». «Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?». «Si tú lo dices -contesté-, si tú lo dices».

Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: «Todo lo que digo está mal». No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.

«Bueno, tengo que seguir mi camino -dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga-, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos». Y me dio la mano.

«Adiós, María», dije. Y se marchó.

Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.

Kjell Askildsen (Noruega, 1929-)
Breve reseña sobre su obra:
Escritor noruego nacido en Mandal en 1929.
Su primer libro se tituló Desde ahora seré yo quien te lleve a casa (1953).
Ha recibido en dos ocasiones el Premio de la Crítica en Noruega (Últimas notas de Thomas F. para la humanidad y Un vasto y desierto paisaje) y el Premio Riksmål 1987 por Un súbito pensamiento liberador. Tanto estas obras, como Los perros de Tesalónica han sido traducidas al español y publicadas por la editorial española Lengua de Trapo.

María pertenece a Cuentos reunidos, publicado por Ediciones Lengua de Trapo.

Bicicleta – Orson Scott Card July 22, 2011

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Orson Scott Card. Prestigioso autor de Ciencia Ficción

“Bicicleta” es un cuento de Orson Scott Card. Fué publicado en su libro Maps in a Mirror. Card publicó originalmente este cuento en el número de Octubre de 1977 de la revista Friend, bajo el seudónimo de Byron Walley.

Este cuento es una descripción bastante fiel de un episodio real que sucedió durante mi misión en Brasil, cuando enseñamos a un niño a andar en bicicleta. Lo que no podía transmitir en el cuento era la desesperada pobreza e ignorancia de esa familia, y el intenso amor que la unía. Eran buenas personas, y por primera vez comprendí que era posible que la gente durmiera hacinada en una habitación del tamaño de una mesa y sin embargo ser decente y civilizada. Enseñar al niño a montar en bicicleta era una ayuda ínfima, pero era algo. Creo que la desesperada situación económica de esta familia liquidó todo vestigio de lealtad que pudiera quedarme hacia el capitalismo de mercado libre

 Orson Scott Card

 

Amauri empujó la bicicleta cuesta arriba. En la cima de la colina había una pequeña iglesia católica, y detrás un edificio donde vivían los sacerdotes. Detrás de este edificio había una chabola que la familia de Amauri llamaba hogar.

— Mamãe! —llamó cuando se acercaba a la casa, y su madre apareció en la puerta.

— ¿Dónde has estado, Amauri? —preguntó, la espalda todavía encorvada después del día de trabajo. Se encargaba de la limpieza en un alto edificio del centro. Entonces vio la bicicleta—. ¿Qué traes ahí, Amauri? —preguntó con aire preocupado.

— Una bicicleta, mamãe —respondió Amauri.

— ¿Dónde la has conseguido? —insistió su madre. Amauri comprendió que temía que la hubiera robado, porque muchos pobres del vecindario robaban cosas para conseguir dinero para comprar comida. La madre de Amauri agradecía que sus cinco hijos no robaran.

— Un hombre me la dio, madre —respondió Amauri con orgullo—. ¡Seré repartidor! Iré en bicicleta de un sitio a otro, entregando almuerzos a los ejecutivos y comestibles a las damas de las casas ricas. (more…)

Balada de la Bicicleta con Alas – Rafael Alberti December 29, 2010

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1

A los cincuenta años, hoy, tengo una bicicleta.
Muchos tienen un yate
y muchos más un automóvil
y hay muchos que también tienen ya un avión.
Pero yo,
a mis cincuenta años justos, tengo sólo una bicicleta.

He escrito y publicado innumerables versos.
Casi todos hablan del mar
y también de los bosques, los ángeles y las llanuras.
He cantado las guerras justificadas,
la paz y las revoluciones.
Ahora soy nada más que un desterrado.
Y a miles de kilómetros de mi hermoso país,
con una pipa curva entre los labios,
un cuadernillo de hojas blancas y un lápiz
corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
por los caminos ruidosos y calles asfaltadas
y me detengo siempre junto a un río,
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas.

2

Es morada mi bicicleta
y alegre y plateada como cualquiera otra.
Mas cuando gira el sol en sus ruedas veloces,
de cada uno de sus radios llueven chispas
y entonces es como un antílope,
como un macho cabrío, largo de llamas blancas,
o un novillo de fuego que embistiera los azules del día.

3

¿Qué nombre le pondría hoy, en esta mañana,
después que me ha traído,
que me ha dejado sin decírmelo apenas
al pie de estas orillas de bambúes y sauces
y la miro dormida, abrazada de yerbas dulcemente,
sobre un tronco caído?

Carlanco de los bosques.
Estrella voladora de las hadas.
Telaraña encendida de los silfos.
Rosa doble del viento.
Margarita bicorne de los prados.
Cabra feliz de las pendientes.
Eral de las cañadas.
Niña escapada de la aurora.
Luna perdida.
Gabriel arcángel.
La llamaré con este frágil nombre.
Porque son sus dos alas blancas las que me llevan,
Anunciándome el aire de todos los caminos.

4

Yo sé que tiene alas.
Que por las noches sueña
en alta voz la brisa
de plata de sus ruedas.

Yo sé que tiene alas.
Que canta cuando vuela
dormida, abriendo al sueño
una celeste senda.

Yo sé que tiene alas.
Que volando me lleva
por prados que no acaban
y mares que no empiezan.

Yo sé que tiene alas.
Que el día que ella quiera,
los cielos de la ida
ya nunca tendrán vuelta.

El Padre – Antonio dal Masetto December 28, 2010

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Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. En realidad tengo la impresión de que nunca hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería.

Yo tenía doce años. (more…)

El Pequeño Corredor December 12, 2010

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Del blog de Gonzalo Montoro, les dejo este hermoso relato. Que lo disfruten.

A todos los que quisieron ser ciclistas

A SU EDAD, muchos alevines de ciclista dejaban de estudiar. Por las mañanas entrenaban intensamente; por las tardes paseaban —presumían— con el chándal del equipo y las bicicletas último modelo:

—El sábado en la carrera hice un quinto —decían—; si llego a ponerme a rebufo en el sprint, otro gallo cantaría…
El Pequeño Corredor no tenía equipo porque nadie se había fijado en él; no tenía chándal con el que presumir, ni bicicleta último modelo, ni mucho menos quintos puestos en competición. Él era regordete y tristón, voluntarioso y humilde, obediente y autodidacta, y, de entre todos los futuros posibles, a sus trece años sólo aspiraba a ciclista profesional.
El Pequeño Corredor entrenaba en solitario. Se ponía los culottes y el maillot; se abrochaba el casco y las zapatillas y se lanzaba durante horas a la libertad de la carretera.
—¡Ya va a entrenar El Pequeño Corredor! —sonreían al verle con su estrafalaria vestimenta.
El Pequeño Corredor difería mucho de sus colegas de competición: en invierno salía de casa a las tres de la tarde, o a las cuatro, para no ser atropellado en la oscuridad; la temporada de sol a las siete, o a las ocho, para no caerse redondo de un golpe de calor.
Su preparación -aunque constante- no era seguida por un entrenador: él escalaba o llaneaba, o las dos cosas, y cuando se cansaba, regresaba. Su dieta no tenía las proteínas calculadas: con los guisotes de su madre le bastaba para ir tirando, y los fines de semana, antes o después de las carreras, se reconstituía con un bocadillo de jamón supervitaminado.
El Pequeño Corredor era más miedoso que sus compañeros, y, llegado el momento, no se atrevía a pillar el rebufo de los camiones cuando, enfilando a sesenta por hora la nacional, los ciclistas a los que acompañaba se agarraban al parachoques del camión. Sus caídas no eran heroicas y espectaculares, producidas —así lo narraban sus amigos— a punto de ganar un sprint final, sino torpes y ridículas, normalmente por culpa de un perro atravesado, o por el retrovisor de un coche estacionado, o en el portal del edificio y ante todo el vecindario por no haber sacado a tiempo la zapatilla del pedal.
Al contrario de lo que pensaba, su bicicleta no era de las mejores del entorno: un compañero resabiado le mostró que pesaba como el plomo, que tenía las pegatinas falsas y un cambio de marchas del año de Matusalén, y que montaba piezas de segunda mano que le habían colado de extranjis aprovechando su ingenuidad. Pero esta revelación no importó en absoluto al Pequeño Corredor, que continuó limpiando la máquina cada semana, engrasándola y sacándole brillo con mayor esmero que los mecánicos del mismo Induráin.
Y llegó la temporada de las carreras… El Pequeño Corredor aún no había ganado una competición o, para ser más exactos, no había cruzado la llegada subido a la bicicleta. Una vez iba bien situado, pero comenzó a perder puestos por ayudar a otros corredores empujándoles del sillín. A mitad de la subida —porque la cuesta era larga e inclinada como la duna de un desierto— no podía más; empezó a hacer eses como un borracho y cuando iba el último tuvo que abandonar la carrera.
Las competiciones tenían lugar en circuitos cortos, a los que los ciclistas daban vueltas obsesivamente, como en un Scalextric, más rápido según se acercaban al final. La carretera siempre era estrecha, con gravilla suelta, muchas curvas y más socavones que un campo de batalla; normalmente serpenteaba entre acequias, con el peligro de darse, cuando menos, un buen remojón. De todos modos aquello no tenía importancia para El Pequeño Corredor, que cada lunes esperaba con ansia la llegada de la carrera. A él le gustaba salir en los últimos puestos por aquello del “espacio vital”, y porque se agobiaba en el enjambre de manillares, pero, sobre todo, por miedo de derribar con el codo a otro ciclista en el seno del pelotón.
—¡En sus puestos!… ¡Listos!… ¡Ya!
Los primeros momentos eran pura tensión, con palabrotas e insultos, con caídas y latigazos. Los de cabeza pegaban tirones a la salida de las curvas. Los últimos, como él, eran quienes más los sentían. Al ir con el gancho tardaban poco en descolgarse. «¡Coge rueda, coge rueda!», le gritaban, medio histéricos y con la lengua fuera, sabiendo lo difícil que era reenganchar tras un corte. El Pequeño Corredor pedaleaba con todas sus fuerzas. La brecha, pese a todo, comenzaba a abrirse. Entonces se achicaba como si pesasen sobre él todas las miradas del mundo; aguantaba tres, cuatro, o, a lo sumo, cinco tirones y enseguida perdía contacto con el pelotón. Ya en solitario intentaba alcanzar la cola del paquete, viendo cómo ésta se distanciaba como quien ve escapársele el tren.
Aun así, él no se rendía de buenas a primeras: hundía la cabeza entre los hombros, apretaba los dientes e imprimía más potencia a los pedales, pero al poco sentía las piernas desfallecidas. La cola del grupo ya ni se veía. El dorsal suelto a su espalda —aún no había aprendido a ponerse bien los imperdibles— ondeaba como la bandera del completo fracaso. Dos kilómetros más adelante estaba desfondado y a punto de ser doblado por el pelotón, que se acercaba zumbando como una locomotora. El Pequeño Corredor miró al árbitro; éste tenía el brazo levantado y acababa de soplar su silbato. ¡Estaba eliminado!
Cabizbajo, avergonzado, El Pequeño Corredor subía al coche-escoba. Le temblaban las piernas y le brillaban los ojos. Los conductores, voluntarios de la Cruz Roja que acudían a todas las competiciones, le conocían de tanto verle.
—¡No te preocupes, hombre! —decían—. ¡Verás como a la próxima ganas!
Y a la semana siguiente, El Pequeño Corredor volvía a ser el primero en quedar descalificado y en subir al coche-escoba.

Mil Grullas – Isabel Bornemann July 3, 2009

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Naomi Watanabe y  Toshiro Ueda creían que el mundo era nuevo. Como todos los chicos.

Porque ellos eran nuevos en el mundo. También, como todos los chicos. Pero el mundo era ya muy viejo entonces, en el año 1945, y otra vez estaba en guerra. Naomi y Toshiro no entendían muy bien qué era lo que estaba pasando. (more…)

¿Cómo es Dios? June 4, 2009

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El místico regresó del desierto. «Cuéntanos», le dijeron con avidez, «¿cómo es Dios?».

Pero ¿cómo podría él expresar con palabras lo que había experimentado en lo más profundo de su corazón? ¿Acaso se puede expresar la Verdad con palabras?

Al fin les confió una fórmula -inexacta, eso sí, e insuficiente-, en la esperanza de que alguno de ellos pudiera, a través de ella, sentir la tentación de experimentar por sí mismo lo que él había experimentado. Ellos aprendieron la fórmula y la convirtieron en un texto sagrado. Y se la impusieron a todos como si se tratara de un dogma. Incluso se tomaran el esfuerzo de difundirla en países extranjeros. Y algunos llegaron a dar su vida por ella.

Y el místico quedó triste. Tal vez habría sido mejor que no hubiera dicho nada.

Anthony de Mello

El Canto del Pajaro

El maestro, el niño y la vaca June 3, 2009

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[BLOG] El maestro el ninio y la vaca

El siguiente escrito va completo, lo encontré aquí y su autor es un niño español de ocho años a quien su profesor pidió que describiera un mamífero o un ave. El texto es tan delicioso, que se guarda en el Museo Pedagógico de París.

Vida Nueva, Madrid 10 de octubre de 1987

El pájaro del que voy a hablar es el búho. El búho no ve de día y de noche es más ciego que el topo. No se gran cosa del búho, así que continuaré con otro animal que voy a elegir: la vaca. La vaca es un mamífero, tiene seis lados, el de la izquierda, el de la derecha, el de arriba y el de abajo. El de la parte de atrás tiene un rabo del que cuelga una brocha. Con esa brocha se espanta las moscas para que no caigan en la leche. La cabeza sirve para que le salgan los cuernos. Y además porque la boca tiene que estar en alguna parte. Los cuernos son para luchar con ellos. Por la parte de abajo tiene la leche. Está equipada para que se le pueda ordeñar. Cuando se le ordeña la leche viene y ya no se va nunca. ¿Cómo se las arreglará la vaca? Nunca he podido comprenderlo. Pero cada vez sale con mayor abundancia. El marido de la vaca es el buey, el buey no es mamífero. La vaca no come mucho, pero lo que come lo come dos veces, así que ya tiene bastante, cuando tiene hambre muge, y cuando no dice nada es que está llena de hierba por dentro. Sus patas le llegan al suelo. La vaca tiene el olfato muy desarrollado, por lo que se puede oler desde lejos, por eso es por lo que el aire del campo es tan puro.

Publicado el 15 de mayo de 1990 en periódico El Nacional.

Viento Divino: Corazón Humano May 25, 2009

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[BLOG] kamikaze

El relato que les propongo leer a continuación es un cuento breve y muy emotivo, narrado en primera persona por un piloto kamikaze.
El original fue escrito con el seudónimo microrrelatos y lo encuentran aquí
El presente relato no representa ningun tipo de accion u operacion concreta, pero esta basada en aquellos ataques que se sucedieron contra la flota americana durante la invasion de Okinawa, en los ataques kamikazes acontecidos entre el 6 de abril y el 22 de junio de 1945. (more…)