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Plomo en los Bolsillos – Ander Izagirre June 14, 2012

Posted by roberto in Libros.
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En esta oportunidad reseño un libro francamente delicioso: Plomo en los Bolsillos, escrito por Ander Izaguirre, narra anécdotas, curiosidades e historias del Tour de France, y estando ad portas de la reina de la competencia ciclista… qué mejor.

Pero las buenas noticias no acaban ahí: La Editorial Libros del K.O. distribuye su edición impresa y una edición electrónica en epub (sin DRM) y por la realmente módica suma de Euros 5.99 lo puedes tener de inmediato para leer cómodamente. (lo pueden comprar aquí)

Empecé a leerlo ayer y creánme que he gozado cada frase, cada párrafo y cada página.

 

Su autor, Ander Izagirre (España, 1976-) fue ciclista con ambiciones hasta los 20 años, hasta el día en que pasó por un pueblo muy descolgado del pelotón y escuchó cómo una espectadora le decía a un niño: “Si vas a andar como este, tú mejor ni salgas”.

 

Relata como Octave Lapize, en 1910, llegó a la cumbre del Aubisque a pie, arrastrando la bicicleta. Se dirigió hacia uno de los organizadores del Tour y, cuando sus pulmones reunieron un poco de aire, cinceló la primera sentencia en las tablas del ciclismo: «¡Asesinos!».

Pélissier, ganador del Tour de 1923, protestaba contra la dureza del reglamento: «Pronto nos colocarán plomo en los bolsillos». El pequeño Robic, ganador del 47, se cargaba de plomo para bajar más rápido. Para el autor, la magia del ciclismo nace siempre de ese misterio que existe más allá de la frontera del sufrimiento, y el sufrimiento que impone el Tour es de plomo, como lo es el empeño de los ciclistas. En ese equilibrio se mueven los dieciséis episodios de este libro en el que se descubre la cara B del Tour de France, desde las victorias y derrotas más legendarias hasta las malandanzas de los primeros corredores del Tour; historias trágicas como las últimas 40 pedaladas de Tom Simpson antes de morir en el Mont Ventoux o divertidas como la de Vicente Blanco, un cojo bilbaíno que se dopaba con bacalao y que pedaleó hasta París para salir en el Tour. Anécdotas que destacan la épica y el sufrimiento del ciclismo pero también la generosidad y gentileza que se desprenden de este deporte. Los duelos memorables entre Coppi y Bartali, Anquetil y Poulidor, Kübler y Koblet, Merckx y Ocaña o las hazañas de Induráin, Hinault y Amstrong, pero también el reconocimiento a las figuras menos visibles y reconocidas como Walkowiak, que se arrepintió de ganar el Tour, o el argelino Zaaf que a las puertas de ser el primer africano en ganar una etapa del Tour se emborrachó y cayó mareado.

Les dejo un par de perlas del texto para que se entusiasmen y aportemos nuestro grano de arena a la recuperación económica de la Madre Patria.

 -“Lance Armstrong y la nieve negra”. El Tour se porta como un dios antiguo, de esos que siempre andan atentos para castigar las blasfemias y no dejan escapar a nadie de su ira. Siempre machacó a los grandes campeones, los que intentaron ganarlo por sexta vez, con un desfallecimiento feroz. Armstrong escapó a esa ley. Fue el primero en ganarlo siete veces pero, sobre todo, fue el primero en derrotar al Tour: se retiró vestido de amarillo y saludando ante el Arco del Triunfo. Hasta que el Tour lo sedujo tres años más tarde, para que volviera. Y claro:

 “En la primera etapa montañosa de 2010, Armstrong se desmoronó en un puerto sin renombre: el col de la Ramaz. La eterna saña del Tour, que siempre escogió mataderos vulgares para acabar con los campeones, puertecillos sin ninguna historia y que por tanto quedaron consagrados en exclusiva a la memoria de las derrotas: Anquetil en Serrière, Merckx en Pra Loup, Induráin en Les Arcs, Armstrong en Ramaz. Para el campeón americano, que jamás pinchaba en momentos delicados, que jamás se enfermaba, que jamás se caía, aquel día estaba marcado como el del colapso. Nada más comenzar la etapa, se cayó, partió el sillín y tuvo que cambiar de bicicleta. Un poco antes de la ascensión a Ramaz, tocó una acera con el pedal y salió disparado por los aires. Golpeado, abrasado y aturdido, alcanzó al grupo justo en las primeras rampas, pero pagó el sofocón, se descolgó y pasó con un minuto de retraso por la cumbre. Se sintió vacío. Le costaba seguir el ritmo de sus gregarios, la desventaja crecía y, ya sin reflejos, fue incapaz de esquivar otra caída y rodó de nuevo por el asfalto.

En la ascensión a Morzine Avoriaz cumplió su calvario con una estricta sobriedad de gestos: pedaleó, como muy pocas veces, con los ojos ocultos tras gafas oscuras, con la mandíbula prieta y el rostro tenso en una máscara inexpresiva. En los últimos metros, con sesenta ciclistas ya clasificados por delante de él, con doce minutos de retraso, con la derrota irrevocable, se subió la cremallera del maillot para no cruzar la meta con el pecho descubierto, en un gesto un poco torpe y pudoroso, como un cadáver que se hubiera cerrado a sí mismo los párpados”.

 -“El arte de la derrota”: Este capítulo habla de los Tours entre 2006 y 2011, las ediciones que “se salvaron por la belleza de algunas derrotas, mejor cuajadas que muchas victorias”. Además de Pereiro, Landis, Rasmussen, Contador, Schleck y compañía, hablo de Vansevenant, que pasó a la historia por quedar último tres años consecutivos. No le resultó nada fácil, tuvo que pelear (o mejor dicho: dejar de pelear) hasta la última etapa de su último Tour, cuando el penúltimo Eisel se descolgó del pelotón en los Campos Elíseos para intentar perder unos segundos y así quedar último en la clasificación:

 “Un minuto más tarde aparecieron en la última curva dos ciclistas descolgados, que pedaleaban parsimoniosos y recibían los aplausos del público con una sonrisa irónica: Eisel y Vansevenant, en las posiciones 138 y 139. Eisel había dejado de pedalear a falta de un par de kilómetros y había tratado de rezagarse con disimulo. Pero Vansevenant le aplicó un marcaje fiero y se descolgó junto a él. Eisel se resignó, sonrió, le dio una palmadita en el hombro a Vansevenant y pedalearon juntos, de paseo hasta la meta.

En la salida de esa última etapa, Vansevenant había lanzado ante los periodistas una broma que en el fondo escondía una advertencia:

-Se lo he dicho a Eisel. Estoy dispuesto a hacer una carrera de caracoles en los Campos Elíseos.

Y así, pedaleando lo más despacio posible, consiguió su mayor victoria”.

“Así dejé el ciclismo”. Es un epílogo autobiográfico sobre las miserias de mi último año como ciclista. Y vosotros os reís.

 “Ese final estrafalario mitigó otras escenas tristes de aquel año, incluso las acabó enmarcando en un cuadro general de simpáticas derrotas. Aunque maldita la gracia que me hacían en el momento, como cuando escuché el comentario cruel de una espectadora, durante mi paso solitario y descolgado por un pueblo de la Ribera navarra. ¿Se creen que los ciclistas no oyen?

Aquel día soplaba un vendaval, costaba mantenerse sobre la bici, y en el kilómetro 10 una ráfaga tiró a medio pelotón. Yo no me caí pero quedé atrapado en la montonera. Me bajé, salí andando al sembrado, troté con la bici en la mano, volví al asfalto, salté al sillín y me encontré solo, solísimo, con el pelotón cabecero en el horizonte, pero muy en el horizonte, casi al final de Arizona.

Contra aquel viento no se podía pedalear en solitario. La carretera era llana pero yo no movía más que un 39×18, una multiplicación para escalar puertos, y apenas pasaba de los 20 km/h. Así llegué, mal que mal, hasta un pueblo que apareció en la llanura como una colonia en Marte. Pasé solo, fané y descangallado. Ya se les habían acabado los aplausos. Y al verme, una madre le dijo a su hijo, un chavalín vestido de ciclista:

– Si vas a andar como este, tú mejor ni salgas, ¿eh?

Más gracia me hicieron los ánimos de una señora, asomada a la ventana de un caserío, que también me vio pasar en solitario, descolgado, bajo un chaparrón, subiendo el puerto de Ubal, en Carranza.

-¿Cuánto falta hasta arriba? –le grité.

-¡Sólo un kilómetro! ¡Pero justo ahí se retiró Induráin!”.

 Doce Chuletas en el Maillot

Hace más de cien años, François Faber, un ganador luxemburgués del Tour de Francia, llevaba chuletas en los bolsillos para alimentarse durante las etapas. Otro ciclista, Henri Cornet, se enteró de que había ganado la prueba cuatro meses después de que terminara. Son ese tipo de historias rocambolescas que creíamos que solo podían ocurrir hace más de un siglo, cuando el Tour era una aventura disparatada. Hasta hoy mismo, cuando otro luxemburgués se ha enterado de que hace 18 meses ganó un Tour y cuando otro ciclista insiste en que él llevaba encima un solomillo.

El segundo capítulo de Plomo en los bolsillos se titula “Doce chuletas en el maillot”. Arranca así:

“Henri Cornet ganó el segundo Tour de la historia pero él no se enteró hasta cuatro meses más tarde. El 30 de noviembre de 1904, la Unión Velocipédica Francesa anunció que descalificaba a los cuatro primeros (Maurice Garin, René Pottier, César Garin e Hypolitte Aucoutourier) por maniobras ilegales durante la prueba, y declaró ganador al quinto clasificado, Cornet, que había terminado a tres horas de Garin. Gracias a esta carambola, Cornet se convirtió en el vencedor más joven de la historia, con 19 años, marca jamás rebajada.

¿Por qué esperaron cuatro meses para anunciarlo? Porque la segunda edición del Tour había sido un tumulto continuo, los ciclistas cometieron todo tipo de trampas y en plena carrera se vivieron batallas campales entre rebaños de fanáticos que apoyaban al ídolo local y los ciclistas rivales. La Unión Velocipédica Francesa prefirió comunicar las descalificaciones en invierno, cuando los ánimos ya se habían enfriado, para evitar turbamultas y linchamientos. De hecho, a partir de esa decisión, el inocente Cornet padeció un calvario de persecuciones, insultos y amenazas. Nadie tenía menos interés que él en alcanzar la fama: su verdadero nombre era Henri Jardy y había corrido el Tour bajo seudónimo para evitar que su familia supiera que se dedicaba al ciclismo, un deporte de brutos, golfos y desesperados. Con el revuelo organizado a finales de noviembre, Cornet tuvo que confesar a su familia que había ganado el Tour. Y después se retiró del ciclismo un par de años, para huir de las iras familiares y las amenazas de los fanáticos.

El primer Tour de Francia había encendido pasiones extremas por todo el país, y los seguidores más encrespados prepararon todas las trampas necesarias para que sus ídolos triunfaran en la segunda edición. En 1904, 88 corredores salieron de París para completar el mismo recorrido del año anterior, con la diferencia de que se había suprimido la opción de participar sólo en algunas etapas. Los problemas comenzaron en el tramo nocturno de la primera jornada: Pottier, Aucoutourier, Chevalier y Samson fueron sancionados porque aprovechaban coches amigos para remolcarse una y otra vez. Otro vehículo intentó derribar a Maurice Garin, y él mismo fue acusado de recibir una bolsa con provisiones desde un coche. Ya se empezaba a hablar de fármacos misteriosos y dopaje. Los sucesos más graves ocurrieron en Saint Etienne, donde los aficionados jalearon a su paisano Faure, que marchaba escapado, y después ocuparon la carretera para cerrar el camino al resto de los ciclistas. Cuando los corredores intentaron abrirse paso, los amigos de Faure atacaron con palos y escogieron bien a las víctimas: el líder Garin recibió una pedrada en la cara y quedó aturdido y sangrando. Los coches de los organizadores embistieron contra los hinchas y consiguieron despejar el tumulto, pero sobre la carretera quedaron numerosos ciclistas magullados. Más tarde, en Lunel, la ruta apareció sembrada de botellas rotas y clavos. Algunos de los ciclistas explicaron años después cómo funcionaban esas tretas: “Era muy sencillo. Alguien te decía, por ejemplo, que entre el kilómetro 100 y el 102 circularas siempre por la izquierda. Los corredores que no sabían nada pasaban por la parte derecha, sembrada de clavos, y pinchaban constantemente”. En Nimes, algunos corredores y organizadores recibieron insultos, escupitajos y puñetazos, como protesta por la descalificación del ciclista local Payan, acusado de compincharse con grupos de ciclistas y motoristas que lo llevaban a rueda durante algunos tramos del recorrido. En aquella bronca, alguien sacó una pistola y disparó varios tiros al aire. Garin mostraba su temor: “Ganaré el Tour, si antes no me asesinan”. Llegó a París sano y salvo, con tres minutos sobre Pottier, una ventaja exigua para la época, y recibió los honores de campeón. Además, su hermano César terminó tercero, a casi dos horas. Pero el 30 de noviembre recibió la noticia de la descalificación. “Henri Cornet es el ganador del segundo Tour”, anunció Desgrange. “Y creo que será el último. El Tour ha muerto de éxito”.

Comments»

1. Ander - June 15, 2012

Muchas gracias por la reseña, Roberto, te mando un abrazo hasta Chile. ¡Ojalá algún día pedaleemos por allá!

2. Fran - June 16, 2012
3. rugue - June 26, 2012

Tal parece que lo exquisito de este libro aflora mas a los ojos de los que seguimos este deporte con pasion, sin pensar en mas que en divertirnos, gracias.

4. Dasdasduj - June 8, 2013

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