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Mi Querido Lider – Barbara Demick June 29, 2011

Posted by roberto in Libros.
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Barbara Demick ha dedicado varios años a entrevistar a exiliados y disidentes norcoreanos, desde que se trasladó a Seúl como corresponsal del diario Los Angeles Times en el año 2001. Sus reportajes sobre Corea del Norte la hicieron merecedora del premio que concede el Overseas Press Club sobre periodismo y derechos humanos, el premio Osborne Eliott de la Asia Society y el premio Arthur Ross de la American Academy of Diplomacy. Este es su primer libro publicado en español, aunque también es autora de una obra sobre la vida cotidiana durante la guerra de Bosnia, que fue finalista del premio Pulitzer. Actualmente, Demick dirige la delegación de Los Angeles Times en Pekín.

Mi Querido Lider ha obtenido el premio BBC Samuel Johnson de 2o1o,

En el sitio web de la Editorial Turner, dejan la presentación que les adjunto a continuación, y un capítulo completo de la obra, que les dejo al final.

No es fácil relatar la vida cotidiana en uno de los países más hostiles del mundo. Sobre todo porque en ese país no hay internet, no llegan los medios de comunicación, no se permite la entrada a los extranjeros, y se ejerce la dictadura más férrea y autoritaria del mundo, con la población sometida a los dictados de un Querido Líder, paternal y divino, cuya estatua gigante adorna cada esquina.

Barbara Demick ha escrito este libro a partir de seis largas entrevistas a disidentes o exiliados norcoreanos que consiguieron escapar de Corea del Norte. Gracias a sus voces el lector puede asomarse a un país que en la década de 1990 “se cayó” del mundo desarrollado, que ha padecido una terrible hambruna y padece aún un lavado de cerebro colectivo. Este es un libro emocionante, a veces angustioso, a veces surrealista: una historia “no oficial” escrita por sus protagonistas. Fundamental para entender los mecanismos del absolutismo, y para asomarse a un extraño país que cobra en nuestros días especial importancia en el panorama internacional.

De la Mano en la Oscuridad

Si uno mira imágenes captadas por satélite del lejano oriente por la noche, le resultará curioso observar una gran mancha oscura. Esta zona sin luz corresponde a la República Popular Democrática de Corea.

Junto a este misterioso agujero negro, Corea del Sur, Japón y China despiden el resplandor de la prosperidad. Aun vistos a cientos de kilómetros desde arriba, esos diminutos puntos blancos los faros de los coches, los semáforos, las vallas publicitarias y las luces de neón de los establecimientos de comida rápida indican la actividad normal de millones de consumidores de energía del siglo XXI. Y entonces, en medio de todo, se aprecia una región de oscuridad casi tan extensa como Inglaterra. Es asombroso que un país de veintitrés millones de personas pueda parecer tan deshabitado como los océanos. Corea del Norte es, simplemente, un espacio vacío.

El país fundió a negro a principios de la década de 1990. su atrasada e ineficiente economía no pudo sobrevivir al hundimiento de la Unión Soviética, que había sostenido a su viejo aliado comunista suministrándole combustible barato. Las centrales eléctricas cayeron en un estado de deterioro irreparable. las luces se apagaron. Gentes hambrientas trepaban por los postes de luz para robar trozos de alambre de cobre que luego cambiaban por comida. Cuando cae el sol, el paisaje se vuelve gris y las casas raquíticas, achaparradas, quedan engullidas por la noche. Pueblos enteros se desvanecen en la oscuridad. Incluso en algunas zonas de la capital, Pyongyang, escaparate del país ante el mundo, uno puede caminar por la calle principal sin distinguir los edificios que la flanquean.

Contemplar el espacio vacío que hoy es Corea del Norte le recuerda un poco al espectador las aldeas remotas de Africa o del sudeste Asiático que aún no conocen el efecto civilizador de la electricidad. Y sin embargo Corea del Norte no es un país subdesarrollado, sino un país que ha abandonado el mundo desarrollado. Los cables pelados de la deteriorada red eléctrica que bordean cualquier carretera principal revelan lo que hubo antes y lo que hay ahora.

Los norcoreanos de cierta edad aún recuerdan la época en que contaban con mejor suministro eléctrico (y más comida, ya de paso) que sus vecinos proamericanos de Corea del Sur, lo que les hace más humillante el tener que pasar la noche sentados en la oscuridad. En la década de 1990, Estados Unidos le ofreció ayuda a Corea del Norte para satisfacer sus necesidades energéticas a cambio de que este país abandonara su programa de armamento nuclear, pero el acuerdo fracasó cuando el gobierno de George W. Bush acusó a los norcoreanos de faltar a sus promesas. Ellos se quejan amargamente de la falta de luz, que siguen achacando a las sanciones de Estados Unidos. Por la noche no pueden leer ni ver la televisión. “si no tenemos electricidad, no tenemos cultura”, me reprochó en cierta ocasión un corpulento guardia de seguridad norcoreano.

Sin embargo la oscuridad tiene ventajas, sobre todo si uno es adolescente y no puede ser visto con su pareja.

Cuando ya se han acostado los adultos (lo hacen muy temprano: a veces, en invierno, a las siete de la tarde), no cuesta mucho salir furtivamente de casa. La oscuridad le permite a uno disfrutar de un grado de libertad y privacidad que normalmente resulta tan inaccesible como la electricidad. Envuelto en un manto mágico de invisibilidad, uno puede hacer lo que se le antoje sin tener que preocuparse de las miradas curiosas de los padres, los vecinos y la policía secreta.

Conocí a muchos norcoreanos que me contaron hasta qué punto habían llegado a amar la oscuridad, pero me impresionó sobre todo la historia de una muchacha y su novio. Ella tenía doce años cuando conoció a un joven tres años mayor de una localidad vecina. La familia de ella ocupaba uno de los escalones inferiores en la compleja jerarquía social de Corea del Norte. Ser vistos juntos podía dañar tanto las perspectivas profesionales de él como la reputación de joven virtuosa de ella. Así que sus citas consistían siempre en largas caminatas en la oscuridad. Pero lo cierto es que no había nada que hacer aparte de eso: a principios de la década de 1990, cuando su relación empezó a consolidarse, todos los restaurantes y cines estaban cerrados por falta de electricidad.

Se citaban después de la cena. La joven había pedido a su novio que no llamase a la puerta principal: así evitaba exponerse a las preguntas de sus hermanas mayores, su hermano menor y los ruidosos vecinos. Vivían apretados en un edificio largo y estrecho en cuya parte trasera había una letrina que compartían con una docena de familias. Las casas estaban separadas de la calle por un muro blanco que apenas rebasaba la altura de los ojos. El muchacho encontró detrás de este muro un lugar donde podía pasar inadvertido cuando oscurecía. El ruido que hacían los vecinos al lavar los platos o usar el excusado ahogaba el sonido de sus pisadas. La esperaba largo rato, a veces durante dos o tres horas. No tenía importancia. el ritmo de la vida es más lento en Corea del Norte. Nadie tiene reloj.

La muchacha aparecía en cuanto lograba zafarse de su familia. salía de la casa y escrutaba la oscuridad: al principio no podía verlo, pero intuía su presencia. No se molestaba en maquillarse: no es necesario hacerlo cuando se está a oscuras. a veces vestía simplemente el uniforme del colegio: una falda azul marino que llegaba pudorosamente por debajo de las rodillas, una blusa blanca y una corbata de lazo roja, todo ello de un material sintético rugoso. era demasiado joven para preocuparse de su aspecto.

Al principio caminaban en silencio; luego iban subiendo la voz poco a poco hasta llegar al susurro. Por fin, cuando abandonaban el pueblo y, envueltos en la noche, lograban relajarse, adoptaban el volumen propio de una conversación normal. Guardaban una pequeña distancia entre ellos hasta estar seguros de que nadie los vería.

A escasos metros del pueblo la carretera conducía a una espesura y, cruzándola, al terreno donde se encontraba emplazado un balneario de aguas termales. en otro tiempo había gozado de cierto prestigio; sus aguas, siempre a una temperatura de cincuenta grados, atraían autobuses repletos de turistas chinos aquejados de artritis o de diabetes. Ahora, sin embargo, rara vez abría sus puertas. En la entrada había un estanque rectangular rodeado por un murete de piedra. Los senderos que atravesaban el terreno estaban flanqueados por hileras de pinos y arces japoneses, así como por gingkos, que eran los árboles preferidos de la muchacha y de los cuales se desprendían en otoño hojas de color mostaza con la forma exacta de abanicos orientales. La gente que andaba en busca de leña había diezmado los árboles que cubrían los montes circundantes, pero en cambio había respetado la belleza de los del balneario.

Por lo demás, el terreno estaba descuidado: los árboles sin podar, los bancos de piedra agrietados, algunos adoquines desprendidos como dientes picados. A mediados de la década de 1990, ya casi todo estaba desgastado, roto o funcionaba mal en Corea del Norte. Sin embargo las imperfecciones no se notaban tanto por la noche. El estanque del balneario, con sus aguas turbias e invadido por las malas hierbas, brillaba con el reflejo del cielo.

El cielo nocturno de Corea del Norte es realmente espectacular. Puede que sea el más luminoso del noreste asiático; no sufre, en todo caso, el polvo de carbón, el monóxido de carbono y la arena del desierto de Gobi, que ahogan el resto del continente. Antes las fábricas norcoreanas contribuían mucho a ennegrecer el cielo, pero ya no es así. La luz artificial ya no compite con la de las estrellas que adornan el cielo.

La joven pareja caminaba en la noche, desperdigando hojas de gingko a su paso. ¿De qué hablaban? De sus respectivas familias y compañeros del colegio, de los libros que habían leído: fuese cual fuese el tema de conversación, lo cierto es que despertaba en ellos un entusiasmo inagotable. Años después, cuando le pregunté a la muchacha cuáles eran los recuerdos más felices de su vida, me habló de aquellas noches.

Este no es el tipo de cosas que muestran las imágenes por satélite. La gente suele analizar lo que sucede en Corea del Norte desde lejos, ya sea desde la sede central de la CIA en Langley (Virginia) o desde el departamento de estudios de Asia Oriental de alguna universidad: no se para a pensar que en medio de ese agujero negro, de ese país oscuro y desolado donde millones de personas han muerto de hambre, también existe el amor.

Cuando conocí a la muchacha, ya era una mujer de treinta años. Miran (así la llamaré en adelante) había logrado huir del país seis años atrás y vivía en Corea del Sur. Había solicitado entrevistarme con ella, pues me interesaba incorporar su testimonio a un artículo sobre los refugiados norcoreanos.

En 2004 fui destinada a Seúl como corresponsal jefe del diario Los Angeles Times. Tenía que informar sobre lo que ocurriese en toda la península. Corea del Sur me planteaba pocos problemas. Era la decimotercera potencia económica del mundo y una democracia próspera aunque a veces caótica; por lo demás, la prensa acreditada allí era la más dinámica de toda Asia. Las autoridades ofrecían a los periodistas sus números de teléfono móvil y no les importaba que se les llamara fuera del horario de trabajo. Corea del Norte representaba el extremo opuesto. su comunicación con el mundo exterior se limitaba casi exclusivamente a las furiosas diatribas que lanzaba la Agencia Central Coreana de Noticias, apodada “la Gran Vituperadora” por la ridícula grandilocuencia de sus discursos sobre los “malditos imperialistas yanquis”. Estados Unidos había combatido del lado de Corea del Sur en la Guerra de Corea de 1950-53, primer conflicto de la Guerra Fría, y todavía tenía cuarenta mil efectivos estacionados en aquel país. La animosidad de corea del norte se mantenía tan viva que parecía que la guerra aún no hubiese terminado.

Rara vez se permitía la entrada de ciudadanos norteamericanos en Corea del Norte, sobre todo si se trataba de periodistas. cuando por fin conseguí un visado para entrar en Pyongyang en 2005, a mí y al colega con el que viajaba se nos llevó a visitar los consabidos monumentos dedicados a glorificar al líder Kim Jong-il y a su difunto padre, Kim Il-sung. Nos acompañaron en todo momento dos hombres flacos, vestidos con trajes oscuros, ambos llamados Park. (Las autoridades de corea del norte toman siempre la precaución de asignarles a los visitantes extranjeros un par de “supervisores”: a cada uno le corresponde vigilar que el otro no sea sobornado.) Aquellos tipos utilizaban al hablar la misma retórica ampulosa que exhibe la agencia oficial de noticias (era extraña la frecuencia con que introducían la frase “Gracias a nuestro querido Líder Kim Jong-il” en nuestras conversaciones). Casi nunca nos miraban a los ojos al dirigirse a nosotros; yo me preguntaba si se creían de veras lo que decían. ¿Qué pensaban realmente? ¿Amaban a su líder tanto como aseguraban? ¿Pasaban hambre? ¿Qué hacían cuando volvían a casa del trabajo? ¿Qué significaba vivir bajo el régimen más represivo del mundo?

Estaba claro que no iba a poder encontrar respuestas a mis preguntas dentro de Corea del Norte. Tendría que hablar con gente que había abandonado el país.

En 2004, Miran vivía en Suwon, ciudad vibrante y caótica situada unos treinta kilómetros al sur de Seúl. Allí se encuentra la sede de Samsung, así como un conjunto de industrias manufacturadoras que fabrican objetos que a la mayoría de los norcoreanos les costaría mucho reconocer: pantallas de ordenador, reproductores de cedé, televisiones digitales, tarjetas de memoria (se menciona con frecuencia el dato según el cual la disparidad económica entre las dos Coreas es como mínimo cuatro veces mayor que la que existía entre la Alemania occidental y la oriental en 1990, es decir, en el momento de la reunificación alemana). La ciudad es bulliciosa y desordenada, una masa abigarrada de colores y sonidos. Su arquitectura, como la de la mayor parte de las ciudades surcoreanas, es una fea amalgama de cajas de hormigón rematadas por letreros estridentes. Los bloques de apartamentos se extienden a lo largo de muchos kilómetros a partir de un centro urbano congestionado, repleto de establecimientos de Dunkin’ Donuts y Pizza Hut y de tiendas que venden productos coreanos de imitación. En las calles secundarias se multiplican los love hotels: establecimientos con nombres tales como “Motel Eros” y “Love-Inn Park” que alquilan habitaciones por horas. Son muy habituales los embotellamientos de tráfico: miles de Hyundais un producto más del milagro económico recorriendo a duras penas el camino que va de casa al centro comercial. En vista de los perpetuos atascos que se forman en la ciudad, tomé un tren desde Seúl media hora de trayecto y luego un taxi que me dejó al cabo de largo rato en uno de los pocos lugares tranquilos de la ciudad, un restaurante de costillas a la brasa situado frente a una fortaleza del siglo XVIII.

Al principio no localicé a Miran. Su aspecto era muy distinto al de otros norcoreanos que había conocido. Entonces vivían en Corea del Sur unas seis mil personas que habían huido de Corea del Norte, cuyas dificultades para adaptarse a la sociedad de acogida uno podía a menudo percibir en ciertos detalles delatores: faldas demasiado cortas, etiquetas que habían olvidado despegar de las prendas nuevas. A Miran, en cambio, costaba mucho distinguirla de una surcoreana normal. Vestía un elegante jersey marrón y unos pantalones de punto a juego. En un primer momento me pareció más bien recatada (pero esta impresión, como tantas otras, resultaría errónea). Llevaba el cabello recogido y perfectamente fijado con un pasador de bisutería. Tan solo estropeaban su impecable aspecto la presencia de unos pocos granos en la barbilla y cierta pesadez debida a los tres meses que llevaba de embarazo. Se había casado hacía un año con un empleado civil del ejército surcoreano, y estaban esperando su primer hijo.

Había quedado con Miran para comer porque quería saber más cosas sobre el sistema educativo de corea del norte. en los años anteriores a su huida del país, ella había trabajado de profesora de guardería en una ciudad minera. En Corea del Sur estaba estudiando para obtener el título de magisterio. Tuvimos una conversación seria, a ratos sombría. Mientras contaba cómo había visto morir de hambre a sus alumnos de cinco y seis años, nos fue imposible probar la comida. Se estaban muriendo y ella, sin embargo, tenía la obligación de enseñarles lo inmensamente afortunados que eran de vivir en Corea del Norte. Kim Il-sung, que había gobernado el país desde la partición de la península de Corea, al término de la segunda Guerra Mundial, hasta su muerte, en 1994, debía ser adorado como un dios, y su hijo y sucesor, Kim Jong-il, como el hijo de un dios, una especie de figura cristológica. Miran repudiaba ahora los procedimientos norcoreanos de lavado de cerebro.

Al cabo de una o dos horas, iniciamos lo que podría llamarse despectivamente una conversación de chicas. Había algo en la ecuanimidad y la franqueza de Miran que me invitaba a hacer preguntas más personales. ¿Cómo se divertían los norcoreanos? ¿Vivió algún momento de felicidad en corea del norte? ¿Tuvo algún novio allí?

Es curioso que me lo preguntes me dijo. La otra noche soñé con él.

Me lo describió como un muchacho alto, de cuerpo cimbreante y pelo greñudo que le caía sobre la frente. Tras lograr salir de Corea del Norte, a ella le había encantado descubrir que había en Corea del Sur un ídolo de adolescentes llamado Yu Jun-sang que se parecía mucho a su exnovio (por eso me he permitido usar el seudónimo Jun-sang para referirme a él). Por lo demás, era un chico inteligente: estudiaba para ser científico en una de las mejores universidades de Pyongyang. esa era justamente una de las razones por las cuales no podían ser vistos juntos en público. Que se supiera de su relación podía dañar las perspectivas profesionales de él.

No hay love hotels en Corea del Norte. Se veían con malos ojos las relaciones de intimidad casual entre los dos sexos. Aun así traté, con delicadeza, de sonsacarle a Miran hasta dónde había llegado su relación con Jun-sang.

Se rio.

Tardamos tres años en cogernos de la mano, y otros seis en besarnos dijo. Jamás se me habría pasado por la cabeza hacer nada más. Cuando abandoné Corea del Norte tenía veintiséis años y era maestra, pero aún no sabía cómo se conciben los hijos.

Miran reconoció que pensaba a menudo en su primer amor y que se sentía algo culpable por haberse marchado de repente. Jun-sang había sido su mejor amigo, la única persona a la que había confiado sus sueños y los secretos de su familia. Y sin embargo no había querido revelarle el mayor secreto de su vida. Jamás le había contado hasta qué punto le repugnaba lo que sucedía en Corea del Norte; jamás le había confesado que no se creía la propaganda que transmitía a sus alumnos. Lo que es más importante, no había querido contarle que su familia estaba urdiendo un plan para huir del país. No es que no se fiara de él, pero en Corea del Norte toda precaución es poca. Si se lo contaba a alguien y luego ese alguien se lo contaba a otro… bueno, quién sabe: había espías en todas partes. Los vecinos se denunciaban entre sí, los amigos también. Incluso los amantes. Si un miembro de la policía secreta hubiese llegado a enterarse de sus planes, la familia entera de Miran habría acabado en un campo de trabajo en las montañas.

No podía arriesgarme me dijo. Ni siquiera podía despedirme de él.

Después de nuestro primer encuentro, Miran y yo hablamos a menudo de Jun-sang. Estaba felizmente casada, y la siguiente vez que nos vimos ya era madre, pero aun así seguía atropellándose al hablar y sonrojándose cuando salía su nombre en la conversación. Tuve la impresión de que le alegraba que yo sacase a colación el asunto, porque no podía hablar de él con nadie.

¿Qué fue de él? le pregunté.

Se encogió de hombros. Cincuenta años después del final de la Guerra de Corea, aún no hay comunicación propiamente dicha entre norcoreanos y surcoreanos. En este aspecto la situación no tiene nada que ver con la que existía en Alemania antes de la reunificación, ni con lo que sucede en otras partes. Las dos coreas no pueden comunicarse por teléfono, ni por carta, ni por correo electrónico.

La propia Miran tenía muchas preguntas sin contestar. ¿estaba casado? ¿Todavía pensaba en ella? ¿La odiaba por haberse marchado sin despedirse? ¿La tenía por una traidora a la patria por haber huido?

Tengo la impresión de que me habrá comprendido, pero lo cierto es que no hay forma de saberlo con seguridad me respondió.

Miran y Jun-sang se conocieron en su primera adolescencia. Vivían en las afueras de Chongjin, una de las ciudades industriales del nordeste de la península, no muy lejos de la frontera con Rusia.

Las pinceladas negras de la pintura oriental representan a la perfección el paisaje de Corea del Norte. es notablemente bello en algunas partes (desde una perspectiva norteamericana, podría compararse con el noroeste del Pacífico), y sin embargo falto de color: no recorre más que una paleta muy reducida que va desde el verde oscuro de los abetos y los juníperos hasta el gris lechoso de las cumbres de granito. Los retazos de verde exuberante de los arrozales, tan característico del paisaje asiático, uno solo alcanza a verlos en los pocos meses que dura la estación de lluvias. El otoño trae un breve destello de verdor. Durante el resto del año, todo es amarillo y marrón: el color se ha desvanecido.

No existe el panorama abigarrado que uno advierte en Corea del Sur. No hay apenas ningún letrero, son muy pocos los automóviles. Por lo general está prohibido poseer un coche; nadie podría, en todo caso, permitirse el lujo de comprarlo. Hasta es raro ver tractores; predomina el arado tirado por bueyes. Las casas son sencillas, funcionales y monocromáticas. Quedan pocas cosas anteriores a la Guerra de Corea. La mayor parte de las viviendas existentes fueron construidas con bloques de cemento y piedra caliza en las décadas de 1960 y 1970, y distribuidas entre los ciudadanos en función de su categoría social y profesional. En las ciudades están los llamados “palomares”, pisos de una habitación en edificios de baja altura, mientras que en el campo la gente suele vivir en edificios de una planta conocidos como “armónicas”: hileras de viviendas de una habitación, apiñadas como las cajas diminutas que forman las cámaras de aire de una armónica. A veces pintan los marcos de las puertas y de las ventanas de un turquesa llamativo, pero, por regla general, no se ven más que edificios grises o blanqueados.

En 1984, George Orwell imaginó un futuro distópico en el que no había más colorido que el de los carteles de propaganda. Esto es lo que sucede hoy en Corea del Norte. Los carteles representan a Kim Il-sung en los vivos colores tan apreciados por el realismo socialista. El Gran Líder aparece sentado en un banco, sonriendo con aire benévolo a los niños, vestidos en tonos alegres, que se arraciman a su alrededor. Su rostro es un resplandor amarillo y naranja. El es el Sol.

El rojo queda reservado para las omnipresentes inscripciones propagandísticas. La lengua coreana se vale de un alfabeto compuesto por círculos y líneas. En medio del paisaje gris resaltan, imperiosos, los caracteres rojos: avanzan a través de los campos, se yerguen en lo alto de los acantilados de granito, salpican, como hitos kilométricos, las carreteras principales y presiden las estaciones de tren y otros edificios públicos.

LARGA VIDA A KIM IL-SUNG

KIM JONG-IL ES EL SOL DEL SIGLO XXI

VIVAMOS A NUESTRA MANERA

HAREMOS LO QUE NOS DIGA EL PARTIDO

NO TENEMOS NADA QUE ENVIDIAR AL MUNDO

Hasta su primera adolescencia, Miran no tuvo ningún motivo para dudar de lo que decían estas inscripciones. Su padre era un humilde minero. Su familia era pobre, pero también lo era toda la gente que conocía. Como todas las películas, publicaciones y emisiones extranjeras estaban prohibidas, daba por sentado que en ningún otro lugar del mundo se vivía mejor; lo más probable, incluso, era que la gente, en el extranjero, viviese peor. Fueron incontables las veces que oyó, en la radio y en la televisión, que los surcoreanos eran muy desgraciados por vivir bajo el yugo de Park Chung-hee, que era un títere de Estados Unidos, y más tarde de su sucesor, Chun Doo-hwan. A los norcoreanos se les hacía saber que la versión descafeinada del comunismo que se aplicaba en China era menos eficaz que la que había puesto en práctica Kim Il-sung, y que millones de chinos no tenían para comer. En resumidas cuentas, Miran se sentía bastante afortunada de haber nacido en Corea del Norte y de vivir bajo la cariñosa tutela del líder paternal.

Lo cierto es que en el pueblo donde se crió Miran no se vivía tan mal en las décadas de 1970 y 1980. Con una población aproximada de mil habitantes, era un pueblo norcoreano normal y corriente: la planificación estatal lo había hecho indistinguible de los demás. no obstante, gozaba de una situación geográfica privilegiada. El mar del este (o mar del Japón) estaba a tan solo unos diez kilómetros de distancia, así que los lugareños podían comer de vez en cuando pescado fresco y cangrejo. Tampoco estaba lejos de las chimeneas de Chongjin, por lo que disfrutaba de las ventajas que daba la proximidad a una ciudad importante, además de espacios despejados donde poder cultivar legumbres. El terreno era relativamente plano, lo que es una bendición en un país donde escasean las superficies aptas para el cultivo. Por lo demás, cerca del pueblo había un balneario de aguas termales donde Kim Il-sung tenía uno de sus muchos chalés de vacaciones.

Miran era la menor de cuatro hermanas. cuando nació, en 1973, esta circunstancia era tan desgraciada en Corea del Norte como podía serlo en la Inglaterra del siglo XIX, época en la que Jane Austen escribió Orgullo y Prejuicio, donde contaba los graves apuros de una familia con cinco hijas. Tanto los norcoreanos como los surcoreanos están imbuidos de las tradiciones confucianas, que obligan a los hijos varones a continuar la línea familiar y a cuidar a los padres en la vejez. Los padres de Miran acabaron librándose de la tragedia de no tener descendencia masculina: tres años después de Miran, nació su hermano, lo que, por otra parte, la convirtió a ella en la hija olvidada de la familia.

Vivían en un módulo de un edificio del tipo armónica, lo que se correspondía con el estatus del padre de Miran. La entrada daba directamente a una cocina pequeña que hacía las veces de cuarto de calderas. Se echaba carbón y leña en el fogón, y el fuego generado servía tanto para cocinar como para calentar el hogar mediante un sistema oculto bajo el suelo que se llama ondol. Una puerta corredera separaba la cocina de la pieza principal de la casa, donde dormía la familia entera sobre esteras que permanecían enrolladas durante el día. El nacimiento del único hijo varón hizo que la familia se ampliara a ocho miembros: cinco niños, sus padres y una abuela. Por ello el padre de Miran sobornó al jefe del consejo popular para que les concediera el módulo contiguo y les permitiese abrir una puerta en el muro adyacente.

Al disponer de una habitación más amplia, la familia se segregó por sexos. A la hora de comer, las mujeres se apiñaban alrededor de una mesa baja de madera; comían harina de maíz, más barata y menos nutritiva que el arroz. Este, que es es el alimento básico de los norcoreanos, lo comían el padre y el niño, sentados en una mesa aparte.

Yo pensaba que así era el orden natural de las cosas me contaría tiempo después Sokju, el hermano de Miran.

Las hermanas de Miran no protestaban contra esta injusticia (suponiendo que la hubiesen advertido); ella, en cambio, se echaba a llorar y ponía el grito en el cielo.

¿Por qué solo Sokju puede tener zapatos nuevos? exigía saber. ¿Por qué mamá solo se ocupa de Sokju y nunca de mí?

Le mandaban callar sin dignarse contestar a sus preguntas.

No era la primera vez que se revolvía contra las constricciones sociales impuestas a las jóvenes en Corea del Norte. Por entonces estaba mal visto que las chicas montaran en bicicleta: se consideraba antiestético y provocativo. Así, cada cierto tiempo, el Partido de los Trabajadores dictaba decretos haciéndolo técnicamente ilegal. Miran hacía caso omiso de la norma. Desde que tenía once años, salía a pedalear por el camino que lleva a Chongjin con la única bicicleta que tenía la familia, un modelo japonés algo gastado. Necesitaba alejarse del clima opresivo de su pueblo, marcharse a cualquier sitio. era un paseo duro: casi tres horas cuesta arriba, y para colmo solo una parte del camino estaba asfaltada. Los hombres trataban de adelantarla en sus bicicletas, insultándola por atrevida.

¡Te vas a desgarrar el coño! le gritaban.

A veces un grupo de chicos la alcanzaba a toda prisa y trataba de derribarla. Miran les contestaba cuando le gritaban obscenidades.

Con el tiempo fue aprendiendo a ignorarlos y seguir pedaleando.

Solo había para Miran una cosa capaz de aliviar momentáneamente la grisura de la vida en el pueblo: el cine.

Todas las poblaciones de Corea del Norte, por muy pequeñas que sean, tienen una sala de cine, pues Kim Jong-il está persuadido de que las películas son un medio indispensable para inculcar en las masas lealtad al régimen. En 1971, a los treinta años, Kim Jong-il tuvo su primer trabajo, que consistía en supervisar la Oficina de Agitación y Propaganda del Partido de los Trabajadores. En 1973 publicó un libro titulado Sobre el Arte Cinematográfico, donde exponía que “el arte revolucionario y la literatura son medios extraordinariamente eficaces para incitar a la gente a trabajar en pro de la revolución”.

Bajo la dirección de Kim Jong-il, el estudio cinematográfico de Corea del Norte, situado en las afueras de Pyongyang, pasó a ocupar un terreno de novecientos mil metros cuadrados. Allí se producían cuarenta películas al año, en su mayor parte dramáticas y casi siempre sobre los mismos temas: el camino hacia la felicidad pasaba por la autorenuncia y la supresión del individuo en aras del bien colectivo.

El capitalismo era la degradación absoluta. Cuando visité el estudio en 2005, vi la réplica de lo que se suponía que era una calle típica de Seúl: un lugar repleto de escaparates destartalados y bares de alterne.

A Miran le encantaba ir al cine aunque las películas fuesen pura propaganda. Era todo lo cinéfila que podía serlo alguien que vivía en una ciudad pequeña de Corea del Norte. Desde que tuvo edad suficiente para acudir sola a la sala de cine, le rogaba a su madre que le diese dinero. El precio se mantenía bajo: tan solo medio won, más o menos lo que costaba un refresco. Veía todas las películas que podía. Algunas de ellas se consideraban demasiado picantes para el público infantil: tal era el caso de Oh, amor mío, de 1985, donde se insinuaba un beso entre un hombre y una mujer. De hecho, la protagonista femenina bajaba, pudorosa, su sombrilla de manera que los espectadores no pudieran ver los labios rozarse, pero bastó para que la película fuera catalogada para adultos. Naturalmente, estaban prohibidas las películas de Hollywood, al igual que todas las películas extranjeras a excepción de alguna procedente de Rusia. A Miran le gustaban sobre todo las producciones rusas: eran menos propagandísticas y más románticas que las norcoreanas.

Tal vez era inevitable que una muchacha fantasiosa, aficionada a las historias de amor de la gran pantalla, encontrase en un cine el amor verdadero.

Se conocieron en 1986, cuando aún había suficiente electricidad para que funcionaran los aparatos de proyección. Construido con la monumentalidad propia de la década de 1930, en la época de la ocupación japonesa de Corea, el centro cultural era el edificio más imponente del pueblo: una construcción de dos plantas, tan grande que disponía de entresuelo. Un retrato gigante de Kim Il-sung cubría la fachada de la sala, porque según el reglamento todas las imágenes del Gran Líder deben guardar proporción con el tamaño del edificio. El centro cultural servía de cine, teatro y sala de conferencias. En los días de fiesta oficial, como el aniversario de Kim Il-sung, se celebraban concursos para elegir a aquellos ciudadanos que mejor seguían el ejemplo del Gran Líder. El resto del tiempo se proyectaban películas en la sala; cada dos semanas llegaba de Pyongyang una nueva producción.

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