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Damian de Molokai January 18, 2011

Posted by roberto in General.
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Era el mes de Julio de 1973, contaba yo en ese entonces poco más de trece años y era fanático lector de la revista Mampato, dirigida por Eduardo Armstrong. En el número 183, correspondiente a esa semana, se publicó esta historia escrita e ilustrada por el mismo Eduardo Armstrong.

Leerán la historia de uno de esos hombres… imprescindibles, como diría Bertoldt Brecht.

Espero que la disfruten.

Rogándoles me disculpen, me voy a tomar la libertad de dedicar este artículo, que con toda seguridad va a hacer vibrar a nuestros lectores, al recuerdo de un bondadoso maestro y amigo de mi niñez: al R. P. Damián Symon. Pertenecía a la misma congregación del extraordinario sacerdote cuya historia les vamos a relatar enseguida, y también fue a él a quien oí por primera vez la hazaña del mártir belga.

Eduardo Armstrong

En el corazón del Pacífico, a miles de millas del continente, se desgrana el archipiélago de Hawaii. Son islas somnolientas, que flotan como una guirnalda de flores en el océano. El aire es caliente, húmedo, con una prodigiosa vegetación de ensueño donde se huele el perfume del tabaco, la caña de azúcar, las piñas y el algodón. Ahí todo crece sin esfuerzo y las flores son las más brillantes del mundo. Los hombres y las mujeres, de piel oscura y cuerpos armoniosos, tienen rostros suaves y felices. Viven casi todo el año de vacaciones, bailando, cantando, tocando la guitarra y trenzando collares de jazmín, mientras las olas transparentes se estrellan en las arenas blancas enjoyadas de coral.

Unos hombres en el Paraíso

Hawaii, con sus islas de nombres cantarines: Maui, Cahu, Lehua, Honolulú … Un paraíso en la tierra, si no fuera por los innumerables volcanes que amenazan el archipiélago con sus cráteres siempre dispuestos a vomitar lava y muerte. Un. paraíso permanentemente acechado por el infierno… El 4 de mayo de 1873, estaban reunidos en la isla Maui, el centro del archipiélago, siete sacerdotes de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y María. El más anciano de ellos, el vicario apostólico de Hawaii, padre Maigret, analizaba con sus sacerdotes la labor realizada en los últimos años en la región. Estaba contento de la aceptación que la Palabra de Dios había tenido en el archipiélago.

—Usted olvida una isla Monseñor …

Todos se volvieron a mirar al que había hablado, un hombre de treinta y tres años, fuerte y sano, de tez muy clara y frente pura, el Padre Damián.

—No podemos olvidar Molokai, —agregó el sacerdote—. Aquí es sin duda el paraíso, pero allí es el infierno. Son ellos los que tienen más necesidad de Jesús, los que están más abandonados por nosotros.

—Muchas veces he pensado en eso —dijo el Superior con voz lenta y dolorosa—, pero no puedo enviar a uno de ustedes a ese lugar. Ni siquiera puedo enviarlos por turnos. He estado allí y no puedo olvidar el horror que he visto. Nadie puede vivir entre esos leprosos.

—Yo estoy dispuesto a partir, Monseñor —respondió el Padre Damián sin vacilar—. Cuando tomé los hábitos, pusieron sobre mí un manto negro para indicar que yo moría voluntariamente a la vida de los hombres. Si hay que enterrarse vivo con esos miserables, estoy dispuesto a hacerlo.

Todos los demás sacerdotes fijaban la vista en el que había hablado, comprendiendo la magnitud del sacrificio, puesto que todos sabían lo que era Molokai. El Padre Damián era flamenco, un belga de los Países Bajos, hijo de campesinos y agricultores. Su nombre de nacimiento era Joseph de Veuster, pero había adoptado el de Damián al entrar a la Congregación. Tenía seis hermanos y hermanas y en su aspecto saludable se notaba que había tenido una infancia de buena alimentación y aire libre.

El Padre Maigret observó largamente al Padre Damián, pero no vio en él ningún signo de vacilación.

—¿Usted ha visto leprosos, Padre Damián? —preguntó al fin.

—Sí, en Kohala —respondió éste, sonriendo—. No voy a asustarme fácilmente, Monseñor …

La isla del infierno

El pequeño barquito “Kilauea” cruzaba el brazo de mar que separa Cahu de Molokai, llevando a bordo un rebaño de miserables leprosos. Hombres, mujeres y niños que miraban fijamente las costas de Molokai con los ojos llenos de lágrimas. Iban a enterrarse para siempre allí, a esperar la muerte, separados de sus familiares, sin más esperanzas que la de morir pronto para escapar a los horrores de la lepra. Todos tenían ya las huellas de la enfermedad; manchas oscuras o blancas, labios hinchados, orejas deformes, asquerosas tiras de piel colgantes en el rostro, como animales salvajes. Algunos tenían los pies o las manos cubiertas de gruesos vendajes que supuraban. En la proa del barco, el Padre Maigret y el Padre Damián observaban también la isla que cada vez se acercaba más. Era una tierra que nada tenía que ver con las otras islas: seca, estéril, amenazada por un volcán furibundo, sembrada de rocas y apenas manchada por unas cuantas hierbas altas y duras. El distrito reservado a los leprosos era un promontorio de unos veinte kilómetros cuadrados, separado del resto de la isla por cerros inaccesibles.

El Padre Damián iba sumido en los recuerdos. En su espíritu se mezclaban las imágenes candorosas de su infancia feliz con la visión fugaz de Kohala, cuando había quitado las vendas de las manos a esa leprosa y había visto dos muñones sin dedos, purulentos, sangrantes, que despedían un olor nauseabundo; esa niñita tan dulce que él había cuidado y que poco a poco se había transformado en un esqueleto oscuro, de miembros deformes y ojos vidriosos que había muerto finalmente de meningitis, con un grito largo y terrible de bestia aterrorizada. Cerrando los oíos, el sacerdote comenzó a rezar:

“Señor, dejé mi tierra natal para ofrecerte mi vida al servicio de los hombres … “Para traer Tu Palabra pedí venir de misionero a estas islas. Señor, yo sé que este cáliz será muy amargo para mí, dame la fuerza de beberlo, Señor, como lo hiciste Tú, hasta la última gota…”

El no está enfermo

Cuando el pequeño barco atracó a la isla, formas humanas gesticulantes acudieron cojeando, arrastrándose penosamente, hasta el embarcadero. Los leprosos desembarcaron, mudos llorando. Algunos tenían parientes entre los habitantes de Molokai, que acudían a recibirlos con gritos y lamentos. El Padre Damián observaba todo esto estupefacto y adolorido. Esos rostros horribles, esas fauces de bestias, esos deformes, cojos, mancos, ciegos, esos despojos miserables que desde ese momento serían sus compañeros de cada día. La voz del Padre Maigret lo sacó de su inmovilidad y lo ayudó a descender en esa tierra maldita que desde ese día sería su único hogar. Los enfermos habían reconocido al vicario y se empujaban unos a otros para acercarse lo más posible a él. Algunos caían de rodillas pidiendo la bendición, pero la mayoría estaba más interesada en las cajas que desembarcaban del Kilauea. De pronto, un grupo de leprosos borrachos o locos se trenzó en una horrible pelea, mientras los demás trataban de separarlos.

—¡He venido a visitarlos! —decía el vicario—. Esta vez no he venido solo. Traigo a un sacerdote que se quedará con ustedes para cuidarlos y consolarlos. Se llama Padre Damián …

Los enfermos miraron sospechosamente al nuevo sacerdote. Uno de ellos, que parecía el más anciano, se aproximó a escasos centímetros del Padre Damián y lo observó detenidamente.

—¡No está enfermo! Este hombre no está enfermo y sin embargo viene a vivir con nosotros …

Un gran silencio acogió las palabras del anciano. Una chispa de esperanza latió un instante en los corazones de esos desdichados.

Aquí me quedo

El Padre Damián, pálido como un cadáver, miraba esos rostros desfigurados, esos cuerpos atroces, oía los gritos de los borrachos y de los locos y, sobre todo, respiraba ese olor nauseabundo, indescriptible, ese olor a carne descompuesta que la brisa del mar no conseguía alejar. El Padre Maigret tomó al Padre Damián de un brazo y lo llevó aparte.

—Comprendo su horror, Padre. Usted tiene una misión hermosa propagando la fe en las otras islas. No es necesario que se quede aquí —dijo el Superior.

—Aquí me quedo, Monseñor —respondió el Padre Damián—. Mi vida no tendrá otro objeto de ahora en adelante, que convertir a todos estos seres nuevamente en hombres…

Luego el sacerdote se enfrentó a la multitud de enfermos y con voz serena y firme les dijo:

—Hijos míos, me quedaré aquí hasta mi muerte. Vuestras vidas serán mi vida. Vuestro pan será mi pan. Y, si Dios lo desea, vuestra enfermedad un día será también la mía. ¡Estoy dispuesto a convertirme también en un leproso!

El barco levantó el ancla y se alejó dulcemente, llevando en la popa al vicario, que desde la distancia seguía bendiciendo y orando. El Padre Damián se dirigió hacia un miserable montón de ramas que formaban una choza junto a la iglesia. Al acercarse, una voz débil lo detuvo: un hombre yacía tendido en un hoyo, con el cuerpo cubierto de pústulas y los ojos fijos.

—¿Qué tienes?

—Tengo hambre.

El Padre Damián extrajo el último pedazo de pan que tenía en su bolso y se lo pasó. El hombre lo devoró ávidamente.

—Los otros me sacaron de mi choza sin que pudiera defenderme. Me dijeron que un moribundo no necesita cobijarse para morir.

Un horror sin nombre apretó el corazón del sacerdote. Molokai era realmente el último círculo del infierno. Ayudó a levantarse al leproso ciego y lo llevó hasta el camastro que debió haber sido suyo y cuando el pobre enfermo se durmió, el Padre Damián caminó hasta un gran árbol que daba sombra a la salida de la aldea y allí se tendió a pasar su primera noche entre los “muertos vivos”.

Como bestias feroces

Los primeros tiempos fueron espantosos. La miseria del lugar apenas se puede imaginar. De vez en cuando llegaba un barco trayendo los alimentos necesarios para que los enfermos sobrevivieran difícilmente. Por incapacidad o flojera, los leprosos no cultivaban la tierra, ni siquiera se preocupaban de traer agua o arreglar sus viviendas. El peor lugar era sin duda el hospital: no había medicamentos, médicos ni enfermeras, ni siquiera agua. Metidos en el hermoso edificio de piedra cubierto de enredaderas y flores los enfermos eran verdaderos cadáveres vivientes roídos por los gusanos.

Lo peor de todo era que esos desdichados, condenados a una muerte lenta y terrible, ni siquiera eran fraternales unos con otros. Por el contrario, se comportaban como bestias feroces. Un día el Padre Damián vio que arrojaban un cuerpo a la basura y al aproximarse comprobó que se trataba de un moribundo. ¡Ni siquiera habían esperado que expirara para arrojarlo al basurero! Otra vez entró a la choza de un leproso que agonizaba y ante su aparición salieron corriendo varios enfermos que se llevaban las pertenencias del moribundo. El pillaje tampoco esperaba el último suspiro. ..

Ante tales abismos de iniquiedad y sufrimientos, cualquiera se hubiera descorazonado. Pero el Padre Damián no vaciló. Su deber estaba allí, tal como había prometido al vicario: convertir esos miserables despojos en seres humanos. Lleno de coraje se puso a trabajar. Este hijo de sólidos agricultores flamencos no ignoraba nada de los trabajos de la tierra. En todos los lugares posibles se iniciaron plantaciones. Se trajo agua desde la montaña, se quemaron las chozas insalubres y se levantaron nuevas, se limpió la aldea y se construyó un cementerio para que los muertos no fueran arrojados a la basura. Fue un gran día cuando el agua pura

llegó a la aldea por los canales hechos por el sacerdote; pero fue un día aún más grande cuando se inauguró la iglesia con la asistencia de todos los leprosos que podían tenerse en pie.

Un ambiente de amistad, buena voluntad y coraje empezó a reinar entre los “muertos vivos”.

Perseguido y solo

El Padre Damián no vacilaba en usar todos los métodos a su alcance para pacificar y unir a la gente. Cuando los discursos, las oraciones y los ruegos no hacían efecto, sacaba un palo y arremetía contra los revoltosos, los borrachos, los ladrones y los pendencieros. El actuaba de médico, sacerdote y policía, haciéndose respetar por todos. Pasaban los años y, a fuerza de ruegos y cartas, el Padre consiguió atraer la atención del resto del mundo para sus leprosos. Aparecieron artículos en la prensa de Honolulú sobre el extraordinario misionero que, con el martillo, el serrucho, pala y el rosario en la mano, llevaba el Evangelio a los leprosos. Llegaron camas, frazadas, medicamentos, víveres. Las monjas de Honolulú, que hubieran querido ir ellas mismas a cuidar a los enfermos, se encargaban de recolectar de todo para mandar a Molokai. Pero esta celebridad, que por lo demás molestaba mucho al Padre Damián, atrajo también la envidia de las autoridades, al ver que un hombre solo había hecho más por los leprosos que ellos en cincuenta años. Intentaron sacarlo de la isla, le ofrecieron otros puestos y hasta lo amenazaron, pero todo fue inútil. Entonces tomaron contra él una medida abominable: con el pretexto de que podía llevar el contagio a otras partes, le prohibieron salir del leprosario por el resto de su vida.

Un día llegó el Kilauea con el cargamento de víveres y nuevos enfermos. A bordo venía un sacerdote de su misma Congregación. El Padre Damián llegó en un bote junto al barco y trató de subir por la escala para saludar a su superior, pero el capitán lo detuvo.

—¡No puedo permitirle que suba a bordo! ¡Hay prohibición absoluta de acercarse a usted!

—¿No puedo hablarle al sacerdote?

—Tengo órdenes de impedirle que se comunique con cualquier persona de a bordo —dijo el capitán firmemente.

El Padre Damián, con lágrimas en los ojos, se hincó en el bote y le rogó al sacerdote que oyera su confesión. A viva voz y en latín, el misionero se confesó mientras su viejo superior, inclinado por la borda, le daba llorando la absolución.

¡El también!

En los primeros días de diciembre de 1884, cuando hacía 12 años que el Padre Damián estaba en Molokai, volvió muy cansado de un largo recorrido a caballo por las montañas. Una vieja leprosa que lo atendía, acudió a recibirlo y a prepararle un baño de agua caliente para los pies.

—Cuidado, Padre —advirtió la mujer—, está hirviendo.

El sacerdote tanteó el agua y la encontró buena, y metió los pies ante los ojos espantados de la mujer, que había comprendido todo.

—Es curioso, dijo el Padre Damián —el agua está humeando pero no la siento bien caliente.

Sacó los pies de la palangana y lanzó un grito: estaban llenos de quemaduras y ampollas. El misionero palideció: él también había comprendido. Uno de los primeros síntomas de la lepra después de meses, incluso años de lenta incubación… es precisamente la insensibilidad de brazos y piernas. Se puede pinchar, quemar, romper la piel, sin sentir ningún dolor. ¡Leproso! ¡Estaba leproso! De pie frente al espejo, el sacerdote se examinó prolijamente. No tenía ninguna mancha todavía, pero no podía hacerse ilusiones. La espantosa enfermedad para la cual no había remedio, iría poco a poco destruyendo su cuerpo, royendo sus miembros, cegando sus ojos. Una gran desolación invadió al sacerdote, que cayó postrado frente al modesto crucifijo: “Señor, hágase Tu voluntad y no la mía…”

Durante cuatro años más vivió el Padre Damián. La enfermedad fue casi clemente para él. No perdió la vista sino en los últimos días y tardó mucho en aparecer la descomposición purulenta de pies y manos. Sin embargo, su hermoso rostro de honesto campesino flamenco se hinchó, se deformó. Nadie hubiera podido reconocer en él al hombronazo que desembarcó 16 años antes en Molokai.

A medida que se acercaba su fin, la celebridad del Padre Damián llegaba a Europa, a Estados Unidos, a todas partes. De todos lados llegaba ayuda por montones para los leprosos y los últimos descubrimientos de la medicina en un intento de salvarlo. Otros hombres y mujeres abnegados llegaron a Molokai para continuar la obra del misionero, y se comenzó una nueva iglesia. El grano que había plantado el Padre Damián en la tierra ingrata de los “muertos vivos”, crecía y daba frutos.

El 15 de abril de 1889, murió tranquilamente. El último mes había sido doloroso, las llagas se habían multiplicado y eran cada momento más atroces. Su última voluntad antes de morir fue que sus bienes se repartieran, sus pobres bienes terrenales y toda la ayuda en dinero que había llegado de todos los rincones del mundo.

Su muerte fue dulce. Lo enterraron tal como él pidiera, bajo el gran árbol a la salida de la aldea, donde había dormido su primera noche en el Infierno de Molokai . . .

El Padre Damian en su lecho de muerte

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