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Leyendo: Contrarreloj de Eugenio Fuentes October 4, 2010

Posted by roberto in Libros.
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Amigas y amigos,   Cae a mis manos este libro del español Eugenio Fuentes y que ha publicado Tusquets. Al final de este texto les dejo el primer párrafo de la obra, a los que somos ciclistas nos va a fascinar, y si somos ciclistas lectores… miel sobre hojuelas. El autor, Eugenio Fuentes es cicloturista aficionado -en nuestra tierra tal vez se le llamaría deportista amateur- de ahí la gran desenvoltura que demuestra cuando relata aspectos técnicos de la disciplina.

La trama de la obra gira en torno a lo que ocurre durante la cuarta etapa del Tour de Francia: Tobias Gros, el favorito e imbatible ganador de las cuatro últimas ediciones de esta carrera, muere asesinado mientras descansa en el hotel tras una jornada agotadora.

La conmoción es enorme y pronto corren los rumores. Uno de los primeros sospechosos es Santi Mieses, corredor del equipo rival que habló con Gros poco antes de que éste fuera asesinado. Para atajar las habladurías, Luis Carrión, el director del equipo donde pedalea Mieses, contrata al detective Ricardo Cupido, mero espectador de una de las etapas reinas: el ascenso al Tourmalet. En su investigación, Cupido se adentra en el mundo de los ciclistas y conoce de primera mano los manejos entre equipos, los papeles que se reparten los corredores en cada etapa, las disputas y enemistades entre ciclistas o los escurridizos equipos médicos que proporcionan el dopaje en dosis exactas. Pero también el protagonismo callado, pero no menos crucial, de los «gregarios».

Además de la novela más intensa y emotiva de Eugenio Fuentes, Contrarreloj es un homenaje fascinado a quienes entregan sus días y sus desvelos a un deporte durísimo y admirable.

A continuación el primer párrafo de la obra:

Etapa prólogo

Barcelona — Barcelona, 9 km

Sábado, 3 de julio

Hamelt miró la bicicleta como si la odiara: un instrumen­to de tortura, un conjunto articulado de hierros, gomas, cables y cadena diseñado para llevar el cuerpo del ciclista más allá de los límites del esfuerzo, hasta alcanzar las zonas del dolor. El sillín era un potro que sujetaba las manos al manillar; las rue­das, tornos que tensaban las piernas hasta desencajarlas, como si en cualquier momento las rótulas fueran a salir disparadas de las rodillas. La cadena unía con grilletes los pies a los pedales y obligaba a empujarlos hasta perder el aliento sin permitir nun­ca la relajación o el descanso, sin que el ciclista pudiera dete­nerse cuando el frío le cortaba los labios o cuando la sed o el calor lo torturaban. El asfalto era el combustible que abrasaba al corredor a fuego lento. A veces, en el trayecto apenas se po­día respirar, porque no había suficiente oxígeno en las alturas o porque uno se atragantaba con los ratones del cansancio. Al­gunos ocultaban bien la fatiga, pero otros resoplaban como volcanes en erupción y había otros cuyo aliento se confundía con sollozos y parecía que estaban llorando…

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