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La Calle de la Judería May 10, 2009

Posted by roberto in Libros.
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juderia
No recuerdo cómo llegó a mis manos este libro, pero una vez leí las primeras páginas me enganchó de inmediato. Se trata de una magnífica novela histórica, siendo la primera de su autora; la española Toti Martínez de Lezea nacida en 1949 y que es traductora y escritora.

En palabras de Toti, tomadas de su sitio web, la motivación para escribir este texto:

El desconocimiento sobre la vida de los judíos y de los judeoconversos en mi ciudad de nacimiento, Vitoria-Gasteiz, y también la curiosidad por saber quiénes eran y qué fue de ellos, me impulsaron a escribir esta novela basada en personajes y hechos reales aunque, lógicamente, novelados.
Esta historia comienza en el año 1404 con el nacimiento de Josef, segundo hijo del médico judío, David ben Sahadia, y la muerte por parto de la madre del niño. Con el tiempo, Josef se convertirá al cristianismo, mientras que su hermano Joshua se mantendrá fiel a la religión de sus antepasados. Ambos crearán sus propias familias y sus destinos marcharán por caminos diferentes a lo largo de casi un siglo.

Una breve sinópsis:

Las prédicas de San Vicente Ferrer, el antagonismo entre cristianos y judíos, los ataques a las comunidades judías y, finalmente, el decreto de expulsión de 1492, se mezclan en esta narración con el odio de Martín de Escoriaza hacia Pedro Sánchez de Bilbao – nombre adoptado por Josef Sahadia al bautizarse – el amor de éste y de su esposa, María Ruiz de Gaona, cristiana vieja perteneciente a una antigua familia alavesa, y el ascenso de su hijo Juan “el rico”. Todo ello en el marco del casco viejo de Vitoria-Gasteiz y, en especial, la Casa del Cordón, palacio de los Sánchez de Bilbao en el cual fueron alojados los Reyes Católicos, y que aún se conserva como muestra de su antiguo esplendor.

Y de regalo un fragmento:

Invierno de 1404
El hombre caminaba deprisa mirando con recelo a derecha e izquierda. Era ya muy entrada la noche y el toque de queda se había escuchado una hora antes. Su sombra reflejada en los muros de las casas parecía perseguirle como un fantasma. Era joven, pero unos cuantos cabellos blancos habían empezado a asomar en sus sienes y en su barba. Alto y delgado, de facciones armoniosas, vestía un jubón de terciopelo verde musgo y calzas a juego que unas altas botas de montar tapaban hasta medio muslo. Portaba una capa amplia y oscura y la cabeza cubierta por un sombrero ancho rodeado de una larga bufanda envuelta alrededor de su cuello. Podía apreciarse por su aspecto e incluso por sus andares que era hombre de posición holgada.
Había dejado su caballo y su equipaje en las caballerizas del Camino de Navarra, a las puertas de la muralla. No quería llamar la atención. El ruido de los cascos sobre el empedrado haría asomarse a más de un vecino curioso y era mejor pasar totalmente desapercibido.
En su rostro se reflejó el alivio al penetrar por el Portal y contemplar un cartel iluminado por la parpadeante luz de un candil en el que podía leerse “Calle de la Judería”. Aminoró la marcha y hasta se entretuvo un instante para colocar bien la bufanda y sacudir el polvo de su traje. Unos pasos más adelante se detuvo delante de una hermosa casa de dos plantas, rodeada por un pequeño muro, y tras posar su mano sobre el mezuzá de la jamba, llamó a la puerta. No tuvo que esperar demasiado. Breves instantes después una mujer de mediana edad abrió la puerta. El recelo que mostraba su rostro se tornó en amplia sonrisa al reconocer al visitante y unas lágrimas aparecieron en sus ojos.
-¡Yehudá !
-Shalom Ruma, la paz sea contigo.
-Y contigo… -respondió la mujer.
Se abrazaron durante largo rato sin decir nada. Después, la mujer se hizo a un lado para permitirle la entrada.
-¿Está David en casa? -preguntó Yehudá al tiempo que se quitaba capa y sombrero y se los tendía a Ruma.
-¿Dónde iba a estar a estas horas? -respondió ella cogiendo las prendas.
-Ocupándose de uno de sus innumerables enfermos…
-¡Ni el mismo rey podría hoy sacarlo de casa! Sarai está en plena labor…
-¿Ya? -la sorpresa y la preocupación se reflejaron en el rostro de Yehudá- ¿No debía nacer el mes que viene ­?
-Y así era -respondió la mujer- pero se ha adelantado y… -añadió bajando la voz- parece ser que hay complicaciones… Sarai nunca ha sido demasiado fuerte…
En silencio penetraron en la cocina e instintivamente el hombre se acercó al hogar en el que alegremente ardían un montón de leños. Se frotó las manos, entumecidas por el frío, y se quedó pensativo. Ruma se aprestó a calentar un poco de caldo.
Un niño de unos tres años dormía profundamente en una pequeña cama al lado de la chimenea. Se inclinó sobre él y le pasó la mano por el cabello revuelto y sudoroso. El niño se movió inquieto pero no abrió los ojos.
-Este tiene que ser… -dijo.
-Nuestro sobrino Jonás -Ruma acabó la frase acercándose con una sonrisa y le tendió un tazón de caldo que su hermano apuró de un trago.
-Es hermoso -dijo reconfortado por el calor del caldo en su estómago.
-Sí que lo es.. Se parece a su madre. Tiene los ojos azules y es un niño listo y cariñoso. La alegría de la casa -concluyó con orgullo casi maternal.
Miró a su hermana con ternura. El tiempo no pasaba en balde. También a ella se le apreciaban cabellos blancos en la que había sido una de las cabelleras más admiradas de la kahala. Llevaba el cabello recogido en un moño, la cara despejada. Había engordado un poco adquiriendo la silueta de una matrona, pero los años no habían hecho menguar una vitalidad que la mantenía siempre activa. Era unos años mayor que él pero siempre habían estado muy unidos. Todavía recordaba la fiesta de su boda y podía ver su rostro iluminado de felicidad al lado de su esposo Eleazar. Nada presagiaba entonces que años más tarde, iban ya para trece, Eleazar muriera en el asalto a la comunidad de Toledo. Dios dispuso que se encontrara en aquella ciudad por motivo de negocios en el momento en que hordas de cristianos furiosos entraron a saco en la judería y mataron a cientos de los suyos. El recuerdo de la terrible matanza todavía le ponía los pelos de punta. Según les relataron a David y a él cuando fueron a ocuparse de las pertenencias de su cuñado y a colocar una lápida sobre su tumba, los cristianos habían asaltado la judería animados por las arengas de un tal Fernán Martínez que predicaba la destrucción de las sinagogas y su conversión en iglesias. Entraron por sus calles armados de machetes y palos, mataron a todo aquel que encontraron en el camino ya fuera hombre, mujer o niño, y saquearon casas y comercios. Su cuñado Eleazar murió junto a muchos otros que trataban de defender la sinagoga.
Ruma nunca se repuso de aquel golpe. Pasado el año de luto, sus hermanos le instaron a contraer un nuevo matrimonio con alguno de los pretendientes que la solicitaban, pero nada logró convencerla. Volvió a la casa de sus padres y se ocupó de ellos. Cuando David se casó con Sarai, ella siguió encargándose de los quehaceres caseros y ayudó a su nueva hermana que carecía de su salud y energía. Su pequeño sobrino Joanás era para ella el hijo que nunca tendría.
-No lo hagas -le rogó su hermano-, deja que primero se ocupe de Sarai. Tiempo tendremos para hablar…
-No te preocupes -insistió Ruma-. Todavía va para largo. Su madre y hermana están arriba y David ha de comer algo. No ha probado bocado en todo el día.
Salió de la cocina y Yehudá le oyó subir las escaleras. Echó una mirada en derredor y se sintió reconfortado. Llevaba ya cuatro años lejos de Vitoria.
-Desde que David y Sarai se casaron… -recordó.
¿Cuál fue la verdadera razón de su marcha? ¿La intención de ampliar sus estudios como inicialmente dijo? Eso era en parte cierto. Había aprendido todo lo que un rabino debía saber pero sentía la imperiosa necesidad de continuar estudiando. ¡Había tantas preguntas sin respuesta!
-Las respuestas están en tu corazón -le había dicho su maestro, don Abraham-. No busques en los libros lo que puedes encontrar muy dentro de ti. Pregúntate y tendrás la respuesta que buscas.
No obstante, y a pesar de sus esfuerzos, el ayuno y la oración, no la había encontrado y decidió ir a Toledo. Las cosas habían cambiado en aquella ciudad. Ya no era el centro de la sabiduría, la tolerancia y la filosofía de las que tanta gala había hecho en años precedentes pero, aun así, seguía siendo el lugar al que todo estudioso debía acudir si quería ampliar sus conocimientos. La pujanza económica, el refinamiento artístico, la prestigiosa biblioteca con miles de volúmenes y manuscritos griegos, latinos, árabes y hebreos y muchos otros aspectos de la intelectualidad y las finanzas seguían presentes en las calles de Toledo y en ellas confluían las mentes más prestigiosas y dotadas de la comunidad judeo-hispánica.
¿O fue tal vez la boda de su hermano con la dulce Sarai lo que le impelió a abandonar la ciudad que le vio nacer? No era secreto de nadie que, desde que eran unos mozalbetes, los dos hermanos Sahadia habían estado enamorados de la misma muchacha. La familia de Sarai eligió a David, entre otras razones, por ser el mayor -aunque el hecho de que fuera médico de méritos incipientes y prometedores y heredero de la casa de sus padres, también tuviera algo que ver en la elección.
Suspiró y también lo hizo el niño dormido al lado del fuego.
-Parece que lees mi pensamiento pequeño Jonás… -sonrió-. La vida da muchas vueltas y tiempo tendrás para comprobarlo.
Dirigió la mirada hacia la puerta al oír ruido de pasos bajando la escalera. David entró como una tromba y sin decir nada le abrazó con tal ímpetu que a punto estuvieron los dos de rodar por el suelo.
-¡ Yehudá ! ¡ Por fin ! -exclamó y volvió a abrazar a su hermano con fuerza.

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